5.26.2011

En casa de Gaudí I

Uno de estos fines de semana estábamos juntos en la casa. Pablo trabajaba en la oficina y yo estaba, como de costumbre, sentada en el sillón de la sala, con la laptop sobre las piernas y el televisor encendido. Cuando de repente se abre de golpe la puerta que comunica a la sala con la oficina y aparece Pablo con una sonrisa en la cara y los ojos saliendo de su orbita: "Mi jefe quiere regalarme una entrada para la Formula 1 en Barcelona".

Yo lo miré y le dije: "Que bueno!"

Tuvo momentos de dudas, entre decir que no a lo que le ofrecían y cumplir con la estresante y topada agenda de trabajo que tenía o decir que sí, mandar al carajo todo, sacar un poco de dinero del cochinito del ahorro y disfrutar de uno de sus deportes favoritos en una ciudad de rico calor, idioma español y mujeres lindas.

La puerta abrió y cerró unas cuantas veces, cada una con una decisión distinta de la respuesta que le daría a su jefe. Así son los holandeses. Piensan las cosas un montón de veces antes de hacerlas. Muy diferente a nosotros los latinos, quienes actuamos muchas veces sin pensar siquiera. Así que mientras él cambiaba sus respuestas con cada abrir y cerrar de puerta, yo le repetía en todas las veces que aceptara y se fuera a disfrutar de unos días alejado del estrés laboral. Además, una oportunidad como esa no se podía desperdiciar.


Así que desde ese exacto minuto en que respondió afirmativamente el e-mail, ya estaba calculando todos lo detalles que debía cuidar para irnos a Barcelona. Por supuesto, yo no podía quedarme. No tendría boleto para ir a la Formula 1 pero bien podía conocer un pedacito de lo que del otro lado del charco llamamos "Madre Patria".

Fueron dos semanas intensas -siempre lo son cuando se refiere a viajes u otro evento importante- entre conseguir boletos de avión, reservar hotel, planear las rutas, todo con la presión que todo estaría copado por ser un evento de gran magnitud en la ciudad. Pero afortunadamente mi vecina es de Barcelona, y su novio holandés, así que les invitamos una noche antes a tomar un café y así nos contarían -en versión española y holandesa- todos los tips necesarios para perdernos en la ciudad de Gaudí.

Esa noche nos fuimos a dormir casi a las 12 de la medianoche y tres horas después sonaba el despertador anunciando el comienzo de nuestra travesía española. Lavar dientes, refrescar la cara de sueño, peinar un poco, bajar la maleta, arrancar el carro y directo a Schiphol. Próxima parada: Barcelona!

Así llegamos a eso de las 10 de la mañana al aeropuerto de Barcelona e hicimos todo lo que nuestros vecinos nos indicaron. Directo al tren hasta la estación de Barcelona Sants para dejar la maleta en un locker y disponernos, sin perder medio segundo, a disfrutar de nuestras mini-vacaciones. Pablo tenía en papel todo su itinerario y yo no tenía nada. Almorzamos en un restaurancito en cerca de Plaza España, y nos despedimos. El iría a ver todas sus carreras de la F1 y yo, dejaría que la ciudad me mostrara por si sola lo que ofrecía. Y así fue desde ese momento.

Libro que me llevaría por mi recorrido.
Cortesía de la vecina.

Me colgué de un lado mi prestada cámara fotográfica, me colgué la cartera casi encima de la cámara, para evitar que algunos carteristas se antojaran de lo mío y saqué el libro que me había prestado mi vecina -en holandés- para ubicarme geográficamente y ver cual sería mi destino. Aja! Cerca está el pabellón de Mies van der Rohe. Un ícono arquitectónico que no podía pasar por alto después de que nos lo repitieron tanto en la Facultad junto a Carlos Raúl Villanueva y Le Corbusier. Así que, me adentré en algunas calles para poder llegar hasta lo que mostraba el mapa.


Asomando la cámara para ver el Pabellón de Barcelona

Pero sorpresa, ese día el Pabellón estaba cerrado. Volver al mapa y ver el otro punto turístico más cercano mientras subía a pie por una montaña que no conocía pero que se veía agradable hasta que llegué a algo que parecía un fuerte desde afuera. Me encontraba en El Pueblo Español. Un complejo expositivo que se construyó en el año 1929 y que muestra la arquitectura española en sus diferentes regiones. Creo que pasé ahí unas tres horas, unas caminando, otras disfrutando del aire español sentada en uno de los tantos bancos del lugar mientras oía la dulce melodía de una guitarra española que ambientaba a uno de los restaurantes del sitio. Estaba fascinada de escuchar español, de ver espontaneidad, de ver un poco de desorden. Casi me sentía como en casa.

Lo que parecía un fuerte desde afuera

Arquitectura española

Algunas herramientas de trabajo de los artesanos en el Pueblo Español

Mis pies estaban cansados ya, además llevaban unas sandalias que ya habían hecho aparecer unas ampollas en la parte interior de mis dedos, así que decidí bajar de nuevo y buscar una farmacia para comprar unas curitas para proteger un poco mi dolor. Pero claro, en el camino me encontré con algo parecido a una plaza de toros pero que lo coronaba una plataforma en donde se veía gente tomando fotos desde arriba. Así que antes de ir por mi curación, seguí a la manada de turistas y subí hasta la plataforma de lo que antes había sido efectivamente una de las tres plazas de toros de Barcelona pero que ahora, ésta está convertida en un centro comercial y al parecer, recientemente, hace unas dos semanas que habían abierto el acceso a la plataforma a los turistas, según me comentó uno de los de ahí.

Plataforma del nuevo centro comercial

Vista de la Plaza España

Vista de la escultura "La mujer y el pájaro"

Era evidente que ya mis pies no daban para más, por lo que ahora si, conseguí una farmacia, compré lo que necesitaba y me acosté en un parque en frente para esperar que Pablo anunciara su regreso de su primer día en la Formula 1.

Habíamos acordado que nos veríamos de nuevo en la estación para recoger la maleta e irnos al hotel que habíamos reservado en Calella, un pueblo a una hora en tren de Barcelona. Así que próximo a su llegada, me dirigí a la estación Barcelona Sants y me senté esta vez en un banco mientras disfrutaba del desgaste de una estación que podría compararse con el terminal del Big Low en Valencia y escuchaba detrás de mi a un montón de ancianos hablando reunidos en circulo, apoderados de la mayoría de los asientos, discutiendo sobre a que hora serían los partidos de futbol mañana y dando múltiples de razones -cada uno cree tener la razón- de porque a ese turista casi le roban la maleta. Ya casi me sentía como en casa! Calor, bulla, robos, desastre de terminal...

La antigua Plaza de Toros mientras esperaba acostada en el pasto

Esperando

Al final del pasillo vi a un hombre como Pablo, pero este tenía una camisa roja y una gorra roja. Que raro!, pensé. Pablo no tenía esa camisa cuando lo dejé. Pero efectivamente era él, y venía hacía mi con una sonrisa perfecta para examinarle las cordales. Alegre por haber asistido al primer día de la Formula 1 y por haberse comprado una camisa y una gorra de su escudería favorita: Ferrari.

5 comentarios:

  1. Que bien! imagino que hay mas....

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  2. que rico!!! nada como esos viajecitos para disfrutar de cosas nuevas. Nada mas te faltaron zapátos más cómodos, pero bueno, con los curitas ya estuviste!!!

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  3. @Ely,
    Por supuesto que hay más... prometo subir las próximas crónicas prontísimo!

    @Negra,
    Super sabroso! Pero si supieras que eso de los zapatos es un tema complicado con mis pies... no hay ninguno que no me haga herida... así que ya estoy acostumbrada a recurrir a medidas de emergencia cuando ya no dan más!

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  4. Anónimo27.5.11

    chama Barcelona es demasiado bello,lo maisimoooo
    para darle al turismo....Si va
    @yani

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  5. @yani,
    Bello, bello como un camello, mi china!

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