5.27.2011

En casa de Gaudí II

Después de haber disfrutado del primer día en la ciudad de Barcelona, tomamos el tren en dirección hacia Calella para así descansar de un día agotador en el hotel que habíamos reservado.

Pablo durmió todo el recorrido hasta Calella. Una hora entera haciendo estiramiento de cuello en el asiento del tren, mientras yo descansaba un ojo mientras el otro estaba atento de nuestras cosas. Después de haber vivido en la capital venezolana, nunca más volví a dormir mientras viajo por temor a que me roben. Así que si alguien quería pasarse de vivo con nosotros, debía entonces recurrir a mis pocos conocimientos de karate -gracias a Karate Kid- y defender lo nuestro.

Esa noche dormimos como angelitos. Con un brazo guindando fuera de la cama, la boca abierta y roncando, hasta que el sol comenzó a asomarse por la ventana de la habitación y a convertirla en un perfecto sauna. Sin embargo, eso no impidió que nos levantáramos a las 9 de la mañana para luego bajar a desayunar, y tomar nuestras cámaras de nuevo para irnos de regreso en tren a la acción.


Esta vez Pablo se quedaría unas estaciones antes que yo. Claro, el tomaría la ruta a la F1 y yo seguiría hasta escuchar en los parlantes cuando dijeran "Próxima estación: Cataluña". Así que inmediatamente que oí el anuncio, me levanté de mi asiento y salí del vagón. Caminé hasta las escaleras y en lo que iba emergiendo de la superficie, iba viendo y escuchando lo que pasaba en la Plaza Cataluña.

Plaza Cataluña
Pancartas de protesta en la Plaza Cataluña

La Plaza Cataluña, el punto central de todo. El comienzo de la famosa Rambla, las paradas principales de los autobuses turísticos y de los buses de larga y corta distancia y ahora, ese día, el punto de encuentro de una protesta contra las políticas del gobierno y la contaminación de los partidos políticos españoles. Las pancartas de protesta adornaban a las estatuas de la plaza, y jóvenes -y no tan jóvenes- con aspectos dejados y sucios, parecían haberse apoderado de los espacios verdes para instalar algunas carpas reclamando de que no se irán hasta que no cambie la situación, mientras marcaban su territorio y tendencia con una bandera del Che Guevara. "Mi sacrificio, su beneficio", decía uno de los anuncios y me preguntaba yo si eso tendría algo que ver con que no se lavaran los pies, cambiaran la ropa o cortaran las greñas. Realmente me hubiera gustado encontrar la plaza inundada más bien de sólo turistas pero esa lucha no era mía, así que tomé un par de fotos donde no entrarán tantos protestantes y subí la vista para apreciar mejor mi alrededor que estaba lleno de edificios interesantes.

Bajé a la Rambla y me vi tentada a adentrarme en el Barrio Gótico cuando miré a una de las calles perpendiculares, pero Pablo me había pedido que esa parte la visitáramos juntos para cuando él regresara de su segundo día en el circuito. Esas cosas históricas son lo suyo. Así que retrocedí y me fijé en mi libro que podía visitar hacia arriba.

Listo! La Manzana de la Discordia. Más arquitectura. Una cuadra en donde están la Casa Amatller, la Casa Lleó Morera y la Casa Batlló. Esta última de Gaudí. Caminé no sé por donde. Daba igual. Todo se me hacia interesante para ver. Hasta sentarme en un banquito debajo del sol me parecía placentero. Me compré un jugo súper frío y seguía mi recorrido. No estaba bueno, pero igual me lo tomé. Ahora puedo decir que bebí un jugo español! Me paseé por La Pedrera -de Gaudí también- y la Fundación Antoni Tapies, que también estaban en la dirección en que iba.
Casa Lleó Morera. Lluís Domènech y Montaner.
Casa Batlló. Antonio Gaudí.
Casa Amatller. Josep Puig y Cadafalch.

Fundación Antonio Tapies.
La Pedrera. Antonio Gaudí.

Caminé, caminé, caminé. Le tomé foto a todo lo que veía aunque no estuviera indicado en mi mapa y después que me acabé la batería de la cámara, decidí entonces buscar otro lugar más alejado para visitar. Todavía tenía tiempo antes de que Pablo regresara. Y me fui al Parque Guëll. Visualicé el recorrido que debía hacer para llegar hasta allá, compré un ticket de metro y me bajé en la estación Vallarca.

Al salir, me di cuenta que era una montaña y que ahora debía ir camino arriba. Menos mal que estos últimos meses he ejercitado la piernas porque de otra manera hubiera abortado la misión a la primera. Pero caminando un poquito más, me encontré un anuncio que indicaba que debía girar a la izquierda para ir al Parque Guëll y allí estaban, fabulosamente pensadas para los turistas unas escaleras mecánicas en la mitad del barrio. Que tecnología! Que gran idea! Quizá en Venezuela algún día se pueda aplicar esa para los barrios pobres de Caracas. Y por ahí me fui. Hasta llegar al final donde empezaría el precioso Parque Guëll. Donde permanecen más muestras de la obra de Gaudí. Todas esas maravillosas columnas y su característico estilo.

Escalera mecánicas hacia el Parque Guell.
Parque Guell.
Gaudí en el Parque Guell.
Un poco más de Gaudí.
Ambiente musical en el Parque Guell.

Pablo llamó en ese momento para avisarme que ya pronto estaría de vuelta, así que hice rápidamente mis últimas fotos del lugar, gracias a la batería de respuesto que tenía y traté de bajar de esa montaña sin saber en donde terminaría ni cómo llegaría hasta la Plaza Cataluña, el punto de encuentro que habíamos acordado. Pero al llegar allá, a pesar de que estaba ya tarde, debí esperarlo media hora más porque resultó que se había perdido en el metro preguntando en español la dirección. Su español es como mi holandés, si hablan rápido no entiendo nada!

Al fin llegó y yo estaba ya de mal humor. Aunque esta vez las sandalias no me habían herido y había forrado mis lastimados dedos en curitas para que no siguiera el dolor, si sentía las piernas muertas y la espalda cansada. Y aún teníamos que recorrer el Barrio Gótico como le había prometido a Pablo. Esos eran los perfectos momentos en que extrañaba mi bicicleta.

Las bicicletas de la ciudad que se usan con una tarjeta de abonado al metro.

Nos sentamos en un restaurant a petición mía para descansar un poco. El también ya estaba agotado de tanta emoción en el circuito. Nos tomamos una "caña", nos comimos unas "tapas" y baterías recargadas. A recorrer el Barrio Gótico. Quisimos hacer mucho más pero ni enchufados directamente a la corriente ya servíamos. Así que dimos la última vuelta y nos fuimos de regreso a Calella.

Barrio Gótico.
Barrio Gótico.
Barrio Gótico.

Por supuesto, Pablo volvió a hacer sus ejercicios de estiramiento de cuello mientras yo luchaba por no dormirme en el trayecto.

Al llegar nos dimos un baño y nos fuimos a conocer un restaurant en Calella que mi vecina nos había recomendado. Nos dijo que pidiéramos unas "tapas" en especifico y un vino. Y así lo hicimos. No sin antes haber esperado en la barra una hora para que nos asignaran una mesa. Bueno, al menos el vino nos acompañaba en la espera y algo bueno resultó: a Pablo le gusta ahora el Rosé!

3 comentarios:

  1. waaa! gracias x compartir tu experiencia para los q no hemos tenido la opirtunidad de viajar a aquellas latitudes

    me encanto la Casa Morera de Gaudi =]

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  2. que rico!!! y que casas tan raras!!! como que son extrañas y a la vez hermosas! muchas gracias por compartir tu aventura con nosotros!

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  3. @JuanPa,
    Cuando tengas la oportunidad de ir, ya tendrás una idea del lugar! La ciudad es simplemente bella!

    @Negra,
    Rarisimas si, porque no son comunes en ningún lado, especialmente el estilo de Gaudí, pero un tesoro sin duda!

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