7.17.2012

Cuentos de tren: una nueva rutina.

6:30 am y yo paso de acostada a sentada. En dos segundos. Como esos zombies de películas que se despiertan de su eterno sueño en su muy cómodo y acojedor ataúd. Rápido. Instantáneo. No puedo dejar que el sueño me gane porque no quiero llegar tarde a mi nuevo proyecto.

Me he esforzado un poco más en la selección de mi vestuario. Ya los jeans con converse rosados no son tan aptos, ni la faldita con sandalias playeras. El lugar amerita un poco más de atención en la apariencia personal. Aunque debo decir que odio el piso de madera rústica que maximixa el sonido de mis zapatos de modelo.

Mi cartera combina con todo lo que me ponga. Por fortuna, porque sino perdería parte de mi rutina si me faltase la cartuchera, donde están todos mis lápices, o mi cuadernito moleskine, donde tengo anotados los buses que debo tomar después y donde guardo mi tarjeta personal de cliente asidua de los rieles holandeses. O el monedero, con el que pagó el café de cada mañana cuando hago la transferencia. O los apuntes de mi clase de holandés, los cuales viajan con esperanzas de ser sacados en cualquier momento para transmitirme su conocimiento.

El pan y la naranja siempre entran de último en algún compartimiento. Tengo tanto tiempo de viaje que he pensado en llevarme un matel y unas velas para hacer el desayuno en el tren más acogedor.

Pablo, como siempre, amablemente y con muchos bostezos se digna cada día a llevarme a la estación. Dice que está muerto y recién es lunes. Pero claro, si se gasta sus horas de sueño viendo el Tour de Jour! Cada día promete irse a la cama más temprano, pero me huele que es político de corazón, porque hasta ahora no ha cumplido.

7:15 y ya estoy en mi primer tren.

Saludo a Maureen quien viene de la estación anterior y se sienta al igual que yo, en el primer vagón. Conversamos de algunas pequeñeces. Debatimos sobre el clima. Nos quejamos de nuestros hombres. Hasta que llegamos a donde todos tenemos que bajar. Nos despedimos deseandonos buenos días, ella sube las escaleras y yo compro mi café mientras encuentro algún asiento en espera de mi próximo tren.

7.07.2012

¿A dónde te has ido?


Cuando Mari me dijo que estaba haciendo un curso en la ciudad a donde tenía que asistir cinco días a la semana, no lo pensé dos veces y fui corriendo a decirle a mi papá que yo también quería inscribirme. A mis 15 eso significaba la independencia y liberación. Podía conocer otras cosas más allá de las fronteras de la urbanización donde vivía y de la escuela donde estudiaba.

Aprender no era la principal razón, pero iba incluido en el paquete y además debía justificar el dinero que mi papá había aceptado gustosamente invertir en mí.

Por supuesto que fue muy divertido subir al bus con Mari, asistir a las clases, pasear por la ciudad luego de ellas, y regresar tarde a casa con la excusa de que los autobuses estaban llenos en hora pico. Pero luego de un tiempo fui tomándole cariño a lo que aprendía y cada día entendía más la razón por la que mi papá nunca se negó a lo que yo le había pedido.

Por 10 meses -en realidad 11 porque tuve que repetir un curso- tuve el privilegio de aprender otro idioma. Ya las canciones no sonaban a guachi-guachi y podía hacer notas que mis amigos no podían entender. Incluso podía hasta presumir diciendo oraciones que todos pensaban que eran chic. Era toda una gringa para los ignorantes del tema. Ya yo no sólo hablaba español, sino también inglés.