8.03.2013

Malas influencias

I


No hay nada mejor que salir de la cama tarde cuando ese día la agenda está desocupada. No es sobre despertar, es sobre el verbo salir-de-la-cama.

Cuando era una desperate housewife, y la agenda aún no se apoderaba de mi persona, el reloj despertador que compré alguna vez para mi lado de la cama solo servía de adorno. Ni sus números en rojo titilando, ni la estación noticiosa, ni sus baratos, duros y difíciles botones podían evitar que yo continuara con lo que más disfruto en este mundo. Dormir. Eso sí, eso solo sucedía cuando Pablo marchaba a su jornada laboral. Yo solo sabía que había amanecido cuando él intentaba románticamente despedirse de mí y yo lo ignoraba sumergida en lo más profundo de mi inconsciente.

Si. Nada mejor que salir tarde de la cama y recortar el día improductivo a su mínima expresión. Hasta que era sábado y domingo y a Pablo le daba por querer salir de nuestro nido a eso de las 7:30 am.

Y yo me le preguntaba, "¿pero si no tenemos nada que hacer, para qué levantarse tan temprano?".

¿Ahora?